Un torero con tendencia a engordar y que tras numerosas operaciones en la rodilla y la maldición que pesa sobre él, va a adelgazar 15 kilos para volver al ruedo. Todo un esfuerzo de superación. Era un fenómeno poniendo las banderillas.
Mostrando entradas con la etiqueta Toros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Toros. Mostrar todas las entradas
lunes, 12 de diciembre de 2011
Vicente Ruiz "El Soro"
Hace unas semanas se emitió en La Noria, una entrevista a Vicente Ruiz "El Soro". Torero que compartió faena con "El Yiyo" y Paquirri, el día de su fatídica muerte en Pozoblanco. "El Yiyo" también falleció en una faena algún tiempo después y sólo queda vivo "El Soro".
sábado, 5 de noviembre de 2011
Rafael de Paula, maestro del toreo gitano
La principal virtud de un torero, como la de todo ser humano, es ser buena persona. Rafael de Paula como Antoñete, como Juan José Padilla (salido recientemente del hospital debido a una cogida que le ha afectado principalmente a un ojo), como casi todo torero destaca por ella.
Rafael De Paula pertenece a una generación que comenzó a torear en los años sesenta, época dorada de la tauromaquia en las que toreaban toreros de gran cartel como Antonio Bienvenida y jóvenes figuras como “El Cordobés”, Curro Romero o Santiago Martínez “El Viti”. De Paula fue un maestro consumado del capote, está considerado como el que mejor lo manejaba de toda la historia y la muleta la utilizaba de un modo sobrio y elegante.
Se le podría comparar con José María Manzanares (hijo) por su condición de torero artista con gran regularidad. Respecto a su condición de gitano y torero, Rafael De Paula comenta lo siguiente:
”El gitano aporta cosas distintas a la fiesta del toreo. Un sabor especial digamos. Yo no he conocido ninguna figura dcel toreo gitano ue mandara en estos tiempos. Pero hubo uno aunque no fuera gitano del toro, Joselito, que fue el rey, o mejor dicho, el coloso del toreo y era gitano. Yo creo que no hubo sustituto”.
jueves, 20 de octubre de 2011
domingo, 16 de octubre de 2011
¿Héroes?: unos más que otros...
Hay una controversia en el toreo entre toreros de valor y toreros artistas, en Tendido Cero recogieron el guante (me parece que fue posterior a este artículo) sobre esta cuestión al reconocer a Espartaco como torero de valor y artista. A mí me gustan los dos tipos de toreo, aunque he de reconocer que a mí me gusta más el toreo de artista, aquí dejo este artículo de Antonio Lorca (crítico taurino al que sigo) y lamentando la cogida de Juan José Padilla y añado también a la del diestro José Ortega Cano:
La mejor noticia es que el diestro Juan José Padilla está vivo. Se lo llevaron en volandas, casi sin vida, al hospital tras su tremenda cogida en la Feria del Pilar y, más pronto que tarde, seguro que volverá a hombros, victorioso, otra vez, frente a la durísima adversidad de su arriesgada profesión. Es el sino irremediable de los héroes del toreo. Y Padilla es uno de ellos.
Todos los toreros lo son, porque todos ellos se juegan la vida frente a un animal salvaje que, en cualquier momento, puede hacer añicos la ilusión tantas veces soñada de alcanzar o mantener el reconocimiento como figura del toreo.
Pero unos lo son más que otros, también es verdad. Porque no todos los que se visten de luces les rozan las barbas al mismo tipo de toro. Y Juan José Padilla es integrante principal de ese reducido grupo de avezados toreros que debe sortear cada tarde los hierros más duros, los toros más bastos, los más grandes y peligrosos.
Quizá, porque Padilla es un torero fuera de tiempo, fuera de su tiempo; un lidiador de antaño, un torero de ribetes antiguos. Él mismo promueve esa imagen con sus patillas largas y anchas y el diseño singular de sus trajes de luces. Pero está fuera del tiempo, sobre todo, porque la tauromaquia de hoy solo admite y venera al torero de pellizco y sentimiento, al artista creador de filigranas. Y Padilla no lo es. Él es un torero valiente; un luchador indómito, un lidiador con todas las de la ley, un matador que ha tenido la gallardía de abrirse camino en un mundo que no parece hecho a su semejanza. Hoy, los héroes de antaño han dejado paso a los artistas. Desde que Juan Belmonte revolucionó la esencia de la fiesta ni el toro, ni el público ni el torero son ya lo mismo. El primero ha dulcificado su comportamiento, ha ganado en volumen, pero ha perdido movilidad, fiereza y carácter; el torero ya no es un aguerrido luchador contra una fiera, y el público es más sensible, y prefiere arte con becerros que hazañas con toros.
Es la fiesta misma la que se ha modificado por completo, de modo que la lucha -que no es otra cosa que la lidia- entre un hombre y un toro ha dado paso a la sensibilidad artística.
Quizá, por eso, la afición no valora de igual manera al lidiador y al artista. La figura de hoy es un torero elegante, fino, creativo y, muchas veces, algo parecido a un enfermero ante un animal escaso de fortaleza, bonancible y colaborador. Al torero de hoy se le exige un alma embrujada para interpretar con fidelidad la armonía ante una embestida pastueña.
Y quedan los lidiadores, -y Padilla lo es en grado sumo-, que deben buscar la gloria ante legendarias ganaderías, duras, correosas, denostadas por todas las figuras y poco valoradas por el público, ante las que el riesgo, siempre presente en el ruedo, se agiganta.
Sin ser un artista, sin que sus muñecas estén bañadas por la gracia, Juan José Padilla se ha ganado el respeto y la admiración de todos por su entrega, su corazón, su capacidad de lucha y su fuerza para seguir adelante a pesar de tantas tardes imposibles.
El pasado viernes, el infortunio se cruzó en la vida de este torero, y a punto ha estado de perder para siempre su sonrisa. Pero esa horripilante, pavorosa y espantosa cogida no podrá con la fortaleza de este extraordinario lidiador, de este heroico torero que, como todos, está fabricado de otra pasta, capaz de sobreponerse a las más duras desventuras de la vida.
Ojalá vuelva pronto a los ruedos Juan José Padilla. Ojalá esa tarde zaragozana no sea más que una cicatriz en la castigada piel de este bravo torero. Ojalá la imagen escalofriante del diestro herido sirva para renovar el reconocimiento a los héroes que, como Padilla se juegan la vida. Aunque no sean artistas.
Extraído de diario El País, autor: Antonio Lorca
La mejor noticia es que el diestro Juan José Padilla está vivo. Se lo llevaron en volandas, casi sin vida, al hospital tras su tremenda cogida en la Feria del Pilar y, más pronto que tarde, seguro que volverá a hombros, victorioso, otra vez, frente a la durísima adversidad de su arriesgada profesión. Es el sino irremediable de los héroes del toreo. Y Padilla es uno de ellos.
La noticia en otros webs
Padilla es de esos toreros que cada tarde sortean los hierros más duros grandes y peligrosos
Pero unos lo son más que otros, también es verdad. Porque no todos los que se visten de luces les rozan las barbas al mismo tipo de toro. Y Juan José Padilla es integrante principal de ese reducido grupo de avezados toreros que debe sortear cada tarde los hierros más duros, los toros más bastos, los más grandes y peligrosos.
Quizá, porque Padilla es un torero fuera de tiempo, fuera de su tiempo; un lidiador de antaño, un torero de ribetes antiguos. Él mismo promueve esa imagen con sus patillas largas y anchas y el diseño singular de sus trajes de luces. Pero está fuera del tiempo, sobre todo, porque la tauromaquia de hoy solo admite y venera al torero de pellizco y sentimiento, al artista creador de filigranas. Y Padilla no lo es. Él es un torero valiente; un luchador indómito, un lidiador con todas las de la ley, un matador que ha tenido la gallardía de abrirse camino en un mundo que no parece hecho a su semejanza. Hoy, los héroes de antaño han dejado paso a los artistas. Desde que Juan Belmonte revolucionó la esencia de la fiesta ni el toro, ni el público ni el torero son ya lo mismo. El primero ha dulcificado su comportamiento, ha ganado en volumen, pero ha perdido movilidad, fiereza y carácter; el torero ya no es un aguerrido luchador contra una fiera, y el público es más sensible, y prefiere arte con becerros que hazañas con toros.
Es la fiesta misma la que se ha modificado por completo, de modo que la lucha -que no es otra cosa que la lidia- entre un hombre y un toro ha dado paso a la sensibilidad artística.
Quizá, por eso, la afición no valora de igual manera al lidiador y al artista. La figura de hoy es un torero elegante, fino, creativo y, muchas veces, algo parecido a un enfermero ante un animal escaso de fortaleza, bonancible y colaborador. Al torero de hoy se le exige un alma embrujada para interpretar con fidelidad la armonía ante una embestida pastueña.
Y quedan los lidiadores, -y Padilla lo es en grado sumo-, que deben buscar la gloria ante legendarias ganaderías, duras, correosas, denostadas por todas las figuras y poco valoradas por el público, ante las que el riesgo, siempre presente en el ruedo, se agiganta.
Sin ser un artista, sin que sus muñecas estén bañadas por la gracia, Juan José Padilla se ha ganado el respeto y la admiración de todos por su entrega, su corazón, su capacidad de lucha y su fuerza para seguir adelante a pesar de tantas tardes imposibles.
El pasado viernes, el infortunio se cruzó en la vida de este torero, y a punto ha estado de perder para siempre su sonrisa. Pero esa horripilante, pavorosa y espantosa cogida no podrá con la fortaleza de este extraordinario lidiador, de este heroico torero que, como todos, está fabricado de otra pasta, capaz de sobreponerse a las más duras desventuras de la vida.
Ojalá vuelva pronto a los ruedos Juan José Padilla. Ojalá esa tarde zaragozana no sea más que una cicatriz en la castigada piel de este bravo torero. Ojalá la imagen escalofriante del diestro herido sirva para renovar el reconocimiento a los héroes que, como Padilla se juegan la vida. Aunque no sean artistas.
Extraído de diario El País, autor: Antonio Lorca
jueves, 11 de agosto de 2011
¿No cesará este rayo que me habita...
¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de figuras coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?
¿No cesará está terca estalactita
de cultivar sus duras caballeras
como espadas y rígidas hogueras
hacia mi corazón que muge y grite?
Este rayo ni cesa ni se agota
de mí mismo tomé su procedencia
y ejércita en mí mismo sus furores.
Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia
sus lluviosos rayos destructores.
Autor: Miguel Hernández
miércoles, 27 de julio de 2011
El torero como héroe
También el toreo tiene, si no su leyenda, al menos su filosofía negra, creada por sus entusiastas y que ha contribuido a equivocar su sentido. Me refiero al énfasis excesivo puesto en su relación con la muerte. Algunos cuadros de Romero de Torres captan con certeza plástica esta obsesión necrofílica, que avecina minuciosamente cada gesto del ritual taurino con la muerte que ha de coronarlo y que en cada momento puede interrumpirlo. En cierta forma, el auténtico himno de la corrida no es el pasodoble, como debe, sino "El relicario": la sangre en la arena, las lágrimas de la hermosa mantilla, la juventud bárbaramente truncada... Por cierto que esto viene de una lógica de la contradicción que precisamente sabe por antífrasis que la verdad del toreo es la opuesta, es decir, no la muerte sino la vida, no el velo crepuscular y lúgubre de Romero de Torres sino el resplandeciente triunfo solar. Lo sabe, pero remacha excesivamente la contrapartida, aquello cuyo sordo temor sirve de necesario telón de fondo a lo espléndido; algo así como ese manido y ya despreciable mito del payaso triste, alentado por I Pagliacci de Leoncavallo y por Candilejas de Charles Chaplin: obsesionado por la imagen -sin duda en buena medida verdadera- de que la risa se conquista en pugna con lo que la desmiente, el acomplejado pierde de vista finalmente que la íntima verdad de la risa es precisamente la alegría y que ésta no puede ser en último término sino gratuita... Es decir, si se admite en un primer momento que la alegría es tristeza superada, termina por acatarse que lo primigenio es la tristeza y que la alegría no tiene otro objetivo que el de reaccionar contra ella y tratar de mitigarla: lo cual es tan falso como todo lo que concede prioridad indiscutible a la desdicha, reverenciándola ya de entrada como algo natural. Del mismo modo, el hincapié lacrimoso o de exaltación falsamente trágica de la muerte, el pretigio dramático de la cornada, incluso la prioridad concedida a la agonía del toro como lo más "serio", todo ello patentiza que se tiende a dar más importancia a la muerte que a la vida: en último término, que no se cree en la posibilidad de ninguna auténtica victoria sobre la muerte. Quien, en la última suerte de la lidia, tras la estocada, cuando el matador se alza inmóvil con la muleta recogida bajo un brazo y el otro en lo alto, sólo tiene ojos para el toro que se tambalea ante él fatalmente tocado, quizá cree buscar lo más hondo de lo que ve y sin embargo se lo pierde: porque si bien es cierto que el gesto del torero sería chabacano si no se irguiese ante la fiera agonizante, la verdad del momento no está en esa agonía -que aquí en principio es lo aparatosamente superficial-, sino en el brazo que sube victorioso hacia el cielo.
La ramplonería jubilosa de los pasodobles es cien veces menos ramplona que la majestuosa marcha fúnebre, no digamos ya que el cuplé sentimentaloide. Porque precisamente lo que allí se canta dice así: ¡la muerte parecía necesaria pero no lo era! El toreo es el arte de evitar lo inevitable, de desfondar con un garboso remedio lo irremediable: la muerte queda presente en el ruedo pero ha resbalado del campo de lo necesario al de lo posible, ha perdido sombras: finalmente, el arte es más fuerte e incluso la presencia de la muerte, olvidada, se hace irreal. Sí, en el toreo está presente la muerte, pero como aliada, como cómplice de la vida: la muerte hace de comparsa para que la vida se afirme. En último término, la muerte no era tan importante como su propia propaganda nos hacía creer... Esto es lo que canta el pasodoble y es justo que resuene en la plaza para acompañar la buena faena. La mirada melodramática siempre se equivoca cuando busca la posición del verdadero riesgo: parece suponer que la autenticidad del toreo es el momento terrible de la cogida, cuando el toro impone la ciega ley de su fuerza, siendo así que esto es precisamente lo obvio, lo que cabría esperar desde un principio: el verdadero prodigio reside en la improbable derrota de la muerte, que el arte presenta como milagrosamente fácil. Este punto de la facilidad es importante si se quiere alcanzar una victoria no sólo sobre la muerte, sino ante todo sobre su prestigio. Es inseparable del buen toreo la soltura y no sencillamente por convención estética: debe tener el toreo lo suficiente de arduo como para que no quepa duda de la presencia de la muerte, pero también la soltura indispensable como para que no quepa duda de que la vida es lo realmente fuerte.
La antropología y la historia de las religiones sitúan los juegos táuricos entre los más destacados rituales de fertilidad de los pueblos mediterráneos: el malogrado Ángel Álvarez de Miranda estudió en detalle los avatares de ese toro nupcial al que el recién casado debía tocar con su capa para hacerse partícipe de su espléndida fuerza viril. El toro, que entonces probablemente ni siquiera era muerto en el transcurso del festejo, lejos de simbolizar la muerte y la ciega violencia destructiva de la naturaleza representaba la plenitud vital, expresada en el más alto poder genésico. El toro acudía al festejo no para quitar la vida al hombre, sino para darle más vida. Obviamente, el aumento de potencia exigía también un abrirse al peligro, a la muerte incluso, del iniciado; en la economía pasional de las épocas preestatales, el fuerte debe probar que lo es para que su fuerza aumente, mientras que el débil perderá incluso la poca fuerza que tiene. Como bien señaló Nietzsche, la voluntad de poder no es una voluntad que anhela conseguir el poder desde la impotencia, sino un poder que, a través de la voluntad, quiere expresarse y aumentar. Me parece preferible, ya desde ahora, hablar de aumento de poder sin relacionar este aumento directamente con la sexualidad o la fertilidad; en efecto, pese a que Freud nos acostumbró a considerar todo poder como sexualidad emboscada o sublimada, pienso que es más cierto aproximadamente lo inverso, tal como supusieron Jung, Adler o Rank: a saber, que la propia sexualidad es símbolo privilegiado de una fuerza que aspira a crecer creadoramente por encima de todo lo demás e incluso de sí misma, sin otro límite que el mítico de la plenitud y la inmortalidad. Lo importante, a mi juicio, es subrayar esto: que el toro no es sencillamente la negra muertecon la que el torero, con fascinación ambigua, se enlaza en juego fatal, sino la arriesgada fuente de la vida, el poder y la eterna juventud, en la que sólo el más audaz sabe inclinarse para beber. El toro sube de la noche telúrica para traer energía, no destrucción; para renovar y hacer crecer la fuerza, no para dilapidarla en sangre: y para que esto sea eficazmente así y sólo por eso, trae también la posibilidad aciaga de la destrucción. Sólo la fúnebre acentuación de la pesadilla romántica ha terminado por convertir al toro en encarnación viviente de la aniquilación, de la nada, en portavoz brutal de las postrimerías. Ahora, cuando el torero triunfa, parece que no ha hecho sino aplazar su encuentro con la muerte, salir por una vez bien librado de lo que pudo acabar con él: su victoria es vista desde lo puramente negativo, como la simple evitación de un mal, en lugar de considerarla ante todo positivamente, como aumento del dominio y regeneración creadora de fuerzas. Según Mircea Eliade, entre los acadios, primitivos instauradores de cultos táuricos, <<quebrantar el poder>> se decía: romper el cuerno. El torero rompe el cuerno del toro y así afirma e incrementa su propio poder; no arriesga su vida para burlar momentáneamente a la muerte, sino para probar que la necesidad de la muerte no es nada frente a la decisión creadora de la vida.
Si no supiese que es inmortal y si no temiese no serlo, el hombre sería incapaz de jugar. El juego -es decir, el trato activo con lo no utilitario, con lo sagrado- es una forma de asumir la propia inmortalidad contra el temor aniquilador a la muerte y todo lo sobre él edificado. En este sentido, es imprescindible a la vida precisamente porque no trata sólo de conservarla y reproducirla, sino ante todo -incluso arriesgándola- pretende intensificarla, diversificarla y ascenderla. Esto lo vio muy bien uno de los primeros tratadistas taurinos, el varilarguero José Daza, natural de Manzanilla (Huelva), a quien se debe la irrefutable aseveración de que el Paraíso terrenal estuvo situado en Andalucía y la no menos enérgica de que Adán inventó el toreo tratando de uncir el yugo al toro sublevado tras la caída original. Pues bien, José Daza define el toreo diciendo que <<es un arte valeroso y robusto, engendrado y distribuido por el entendimiento, la más noble de las tres potencias del alma. Es un arte forzoso y necesario para la conservación de la vida humana>>. A primera vista, no parece evidente que el toreo sea ni forzoso ni necesario para la conservación de la vida, pero a la luz de lo hasta ahora dicho creo que el viejo picador tiene toda la razón que merecen sus hermosas palabras. El toreo es imprescindible a la vida no porque la conserva -bastaría con no ponerse nunca ante un toro para prescindir sin riesgo de toda tauromaquia- sino porque la confirma y aumenta; en él crece la fuerza, que no sabe de equilibrios y en cuanto se estabiliza, retrocede. Es un arte <<valeroso y robusto>>, no una melancólica sangría en la que se martiriza a un animal y quizá se sacrifica a un hombre para propiciar la excitación mórbosa de una multitud de sádicos.
La imagen popular del torero goyesco era la del gran dilapidador de fuerza y vida, como corresponde a quien la acrecienta día a día por su contacto íntimo con el toro engendrador. Se le tenía por el más borracho, el más mujeriego, derrochador sin cálculo de lo ganado en orgiásticos convites a una innumerable caterva de amigos y seguidores; no vaya a pensarse, con resentimiento moderno, que ésta es la estampa del desesperado que se aturde entre dos exhibiciones peligrosas, pues muy por el contrario responde a la función social de héroe popular que el torero debe cumplir en la plaza y fuera de ella. El torero distribuía así entre el pueblo la vida regenerada que acababa de conquistar en el ruedo: la gente se acercaba a él, bebía y juergueaba con él y a sus expensas para recibir de ese modo la investidura vital que el héroe prodiga. Se tiende hoy a imaginar al héroe popular como un astuto embaucador o como el depositario de la frustración colectiva: la gente se acercaba a él, se frotaba con él, bebía y juergueaba con él y a sus expensas para recibir de ese modo la investidura vital que el héroe prodiga. Se tiende hoy a imaginar al héroe popular como un astuto embaucador o como el depositario de la frustración colectiva: en esto como en todo, la Ilustración, fustigando la manipulación del mito por los poderosos, perdió de vista el profundo sentido liberador del mito. Los héroes populares no son el Fierabrás sojuzgador que se impone a la masa con el látigo ni el hechicero que mantiene al rebaño adormecido, aunque la perversión estatal de la comunidad produjo -produce- ambas cosas: el héroe es la posibilidad siempre abierta de que la espontaneidad creadora de la vida derrote a la necesidad de la muerte, el regenerador de una fuerza cuyo estancamiento la agosta y su difusor entre la comunidad que la exige para aumentar su capacidad de acción. El héroe no se opone a la multitud, porque en buena medida es un invento de ésta y porque su función se realiza precisamente en el momento de difundir la vida conquistada entre los otros: no separa a cada individuo de su fuerza -como la ley del Estado-, sino que la polariza para aumentársela. Apartado desde hace muchos siglos de su carácter sacro de ritual propiciador de la fecundidad, el toreo ha cumplido la función aparentemente profana pero hondamente religiosa de estimular la producción de héroes populares, de héroes que llevasen a buen fin la renovación mágica de la vida en una de sus expresiones dramáticas más antiguas: el enfrentamiento con la bestia que es símbolo y guardián del poder, que juntamente posibilita y defiende el acceso a la fuerza. El torero no sólo ha sido el chivo expiatorio del facinado terror a la muerte de la plebe ni el paladín sobre cuyos hombros se descargaba el combate al que cada cual de antemano renunciaba: ha sido el emblema de esa plenitud que da siempre mucho más de lo esperado, del camino de coraje, ligereza y temple que se abre ante el hombre para llevarle más allá de sí mismo. Y después, con esa misteriosa solidaridad que hace de cada héroe el sueño de muchos y de cada hombre para llevarle más allá de sí mismo. Y después, con esa misteriosa solidaridad que hace de cada héroe el sueño de muchos y de cada grupo de hombres la posible cuna de un héroe, repartido a borbotones lo imperecedero entre quienes tarde tras tarde, en el coso, se han arriesgado a guardar la esperanza.
Hablo en pasado: ¡quién sabe, ay, lo que el torero puede ser todavía hoy, lo que le dejarán ser! Y llegamos a decirnos: ¿es que alguna vez ha sido otra cosa? Desde la comunidad disuelta, más y más imposible, todo entusiasmo público huele a consigna subrepticia y la imagen heroica a mixtificación o impotencia. Lo subterráneo manipula incluso -sobre todo- lo que promete demasiado firmemente acabar con toda manipulación. Revelado bajo sus sublimes disfraces por la ilustración implacable, el Capital veve ahora y defiende su necesidad apoyándose precisamente en su descubrimiento: allá donde algo sostiene no ser lo que él es, él mismo acude presuroso para certificar que allí tampoco hay más que mercancía. Y ciertamente es mercancía y miseria lo que se vende en el ruedo, pero también algo que es viva promesa de lo que desmiente la miseria y la mercancía. Ahora oscilamos con desgarro entre un desencanto que precisamente guarda la debida memoria de lo mejor frente a lo desvirtuado y un entusiasmo capaz de entregarse instantaáneamente a lo mejor, aparezca donde aparezca y aunque sólo sea por un instante. Pues no basta con refugiarse en el objetivismo que exige la visión rutilante o nada, sino que hay que estar alerta para no convertirse uno mismo en el mayor obstáculo a la visión. Más allá de toda complacencia con la ideología de la muerte, más allá de toda concesión a la farandulería melodramática, hay que desearel héroe y la vida, sin complicidades con la baratija ni con el derrotismo que todo lo tiene ya demasiado claro. En la plaza, como en todo lo demás, es bueno el dictamen de Nietzsche:<<Sólo el amor puede juzgar>>.
De La tarea del héroe, editorial Ariel, de Fernando Savater.
Dos maestros
Arte y Majestad
En un pueblo de Sevilla
Ha nasio Curro Romero,
Condicion noble y sencilla
De Camas es este torero.
Tiene arte y majestad,
Cuando abre su capote
Nadie lo puede igualar.
Ya la afición te persigue
Por donde quiera que vas,
Y siempre está contigo
Estés bien o estés mal.
Con verte un quite me sobra
De lo que tú sabes hacer,
Como el toro te embista
Ya tienes a la gente en pie.
Que el Gran Poder te proteja
Y te dé su bendicion,
Pa que sigas toreando
Para bien de la afición.
Curro Romero,
Tu eres la esencia
De los toreros.
ofrecido por http://www.flamencoexport.com
domingo, 17 de julio de 2011
Taurobolium
Ahora que han prohibido los toros en Catalunya, en este blog vais a tener esta barbarie franquista hasta en la sopa. En el programa del jueves en la sección de "Cosas de aquí y allá" hablamos de la tauromaquia. A mí me tocó hablar del mito del toro en las religiones antiguas como información colateral hallé el rito del Taurobolium. Algo leí de él en un artículo de Georges Bataille como una iniciación de culto solar. Aquí os dejo un vídeo e información extraída (o mejor dicho copiada) de la wikipedia. El vídeo se lo dedico a todos los antitaurinos.
Se conoce por Taurobolio a un rito de los misterios de Cibeles y Atis.
Como indica su etimología (en griego, taurobolion, cfr. elaphebolion, «caza del ciervo», en latín tauropolium, tauropolium por analogía con Artemis tauropolos) en un principio significaría la caza de un toro salvaje, quizá a lazo, para un sacrificio ulterior a una divinidad; posteriormente designó el degüello de un toro y el baño del iniciando en su sangre conforme a un determinado ritual.
Nuestra información, relativamente amplia, sobre las particularidades del rito y su finalidad se basa en fuentes literarias y epigráficas. Entre las primeras destaca por su importancia Prudencio (Peristeph. X,1006-1050); también hay breves alusiones en Contra Symmachum (1,395) del mismo, así como en el anónimo Carmen contra Paganos (Poet. Latin. min., ed. Baehens, 111,286), Hipólito (Refutatio V, 7,19) y Fírmico Materno (De erroribus prof. relig. 27,8; 28,1).
De la descripción de Prudencio se desprende que el iniciando penetraba, desnudo de cintura para arriba, en una fosa que se cubría a continuación con una plancha con orificios. Encima el oficiante mataba el toro con una harpe (cuchillo con un saliente lateral a fin de provocar una gran hemorragia), cuya sangre debía recibir el iniciando sobre su cabeza. Terminado el rito, los asistentes aclamaban al mystes como un «hombre nuevo». El simbolismo es, pues, claro: el bautismo de sangre confería una nueva vida, significaba la trasferencia a un orden existencial superior, ajeno al imperio de la fortuna, trascendente a la corrupción y a la muerte (el iniciado es un renatus in aeternum). Ahora bien, las inscripciones demuestran que el rito debía repetirse a los veinte años, sin que se sepa si se estimaba definitiva la segunda ceremonia.
El testimonio de la epigrafía, de inestimable valor para la cronología del rito y su distribución geográfica, aunque completa el testimonio de las fuentes literarias, plantea ciertos problemas de difícil solución. Junto a los taurobolia individuales cuya finalidad es la expresada, había otros que se hacían en beneficio ajeno (pro salute, pro salute et reditu, pro salute et incolumitate) de una persona (el emperador, un gobernante, un deudo) o de una corporación, como ocurría con los sacrificios.
Las inscripciones demuestran que al taurobolio le solía acompañar un criobolium (sacrificio de un carnero), pero nos dejan a oscuras sobre el significado de la fórmula uires excepit... et transtulit («tomó sus fuerzas y las transportó») frecuente en ellas. Por uires probablemente deben entenderse los testículos del animal, no la sangre o el bucranion, simbolizando la emasculación ritual del iniciando, que se cumplía de hecho en el caso de los galli (cfr. CIL X,510).
(http://es.wikipedia.org/wiki/Taurobolium)
Se conoce por Taurobolio a un rito de los misterios de Cibeles y Atis.
Como indica su etimología (en griego, taurobolion, cfr. elaphebolion, «caza del ciervo», en latín tauropolium, tauropolium por analogía con Artemis tauropolos) en un principio significaría la caza de un toro salvaje, quizá a lazo, para un sacrificio ulterior a una divinidad; posteriormente designó el degüello de un toro y el baño del iniciando en su sangre conforme a un determinado ritual.
Nuestra información, relativamente amplia, sobre las particularidades del rito y su finalidad se basa en fuentes literarias y epigráficas. Entre las primeras destaca por su importancia Prudencio (Peristeph. X,1006-1050); también hay breves alusiones en Contra Symmachum (1,395) del mismo, así como en el anónimo Carmen contra Paganos (Poet. Latin. min., ed. Baehens, 111,286), Hipólito (Refutatio V, 7,19) y Fírmico Materno (De erroribus prof. relig. 27,8; 28,1).
De la descripción de Prudencio se desprende que el iniciando penetraba, desnudo de cintura para arriba, en una fosa que se cubría a continuación con una plancha con orificios. Encima el oficiante mataba el toro con una harpe (cuchillo con un saliente lateral a fin de provocar una gran hemorragia), cuya sangre debía recibir el iniciando sobre su cabeza. Terminado el rito, los asistentes aclamaban al mystes como un «hombre nuevo». El simbolismo es, pues, claro: el bautismo de sangre confería una nueva vida, significaba la trasferencia a un orden existencial superior, ajeno al imperio de la fortuna, trascendente a la corrupción y a la muerte (el iniciado es un renatus in aeternum). Ahora bien, las inscripciones demuestran que el rito debía repetirse a los veinte años, sin que se sepa si se estimaba definitiva la segunda ceremonia.
El testimonio de la epigrafía, de inestimable valor para la cronología del rito y su distribución geográfica, aunque completa el testimonio de las fuentes literarias, plantea ciertos problemas de difícil solución. Junto a los taurobolia individuales cuya finalidad es la expresada, había otros que se hacían en beneficio ajeno (pro salute, pro salute et reditu, pro salute et incolumitate) de una persona (el emperador, un gobernante, un deudo) o de una corporación, como ocurría con los sacrificios.
Las inscripciones demuestran que al taurobolio le solía acompañar un criobolium (sacrificio de un carnero), pero nos dejan a oscuras sobre el significado de la fórmula uires excepit... et transtulit («tomó sus fuerzas y las transportó») frecuente en ellas. Por uires probablemente deben entenderse los testículos del animal, no la sangre o el bucranion, simbolizando la emasculación ritual del iniciando, que se cumplía de hecho en el caso de los galli (cfr. CIL X,510).
(http://es.wikipedia.org/wiki/Taurobolium)
sábado, 16 de julio de 2011
De purísima y oro y Las razones del viajero
Una canción y un poema que recité en La puerta de Tanhäusser, que se emite los jueves de 5 a 6 de la tarde en Bocarradio (90.1 FM). Se reemite los domingos de 7 a 8 de la tarde. Si no os llega la frecuencia podéis escucharlo aquí: http://www.bocaradio.org/portal/
De Purísima y oro.
Academia de corte y confección,
sabañones, aceite de ricino,
gasógeno, zapatos topolino,
"el género dentro por la calor".
sabañones, aceite de ricino,
gasógeno, zapatos topolino,
"el género dentro por la calor".
Para primores galerías Piquer,
para la inclusa niños con anginas,
para la tisis caldo de gallina,
para las extranjeras Luis Miguel.
para la inclusa niños con anginas,
para la tisis caldo de gallina,
para las extranjeras Luis Miguel.
Para el socio del limpia un carajillo,
para el estraperlista dos barreras,
para el Corpus retales amarillos
que aclaren el morao de las banderas.
para el estraperlista dos barreras,
para el Corpus retales amarillos
que aclaren el morao de las banderas.
Tercer año triunfal, con brillantina,
los señoritos cierran "Alazán",
y en un barquito, Miguel de Molina,
se embarca, caminito de ultramar.
los señoritos cierran "Alazán",
y en un barquito, Miguel de Molina,
se embarca, caminito de ultramar.
Habían pasado ya los nacionales,
habían rapado a la "señá" Cibeles,
cautivo y desarmado
el vaho de los cristales.
A la hora de la zambra, en "Los Grabieles",
por Ventas madrugaba el pelotón,
al día siguiente hablaban los papeles
de Celia, de Pemán y del bayón.
habían rapado a la "señá" Cibeles,
cautivo y desarmado
el vaho de los cristales.
A la hora de la zambra, en "Los Grabieles",
por Ventas madrugaba el pelotón,
al día siguiente hablaban los papeles
de Celia, de Pemán y del bayón.
Estrenando las garras de astracán
reclinada en la barra de "Chicote",
la "bien pagá" derrite con su escote,
la crema de la intelectualidad.
Permanén, con rodete Eva Perón,
"Parfait amour", rebeca azul marino,
-"Maestro, le presento a Lupe Sino,
lo dejo en buenas manos, matador"-
la "bien pagá" derrite con su escote,
la crema de la intelectualidad.
Permanén, con rodete Eva Perón,
"Parfait amour", rebeca azul marino,
-"Maestro, le presento a Lupe Sino,
lo dejo en buenas manos, matador"-
Y, luego, el reservao en "Gitanillos",
y, después, la paella de "Riscal",
y, la tarde del manso de Saltillo,
un anillo y unas medias de cristal.
y, después, la paella de "Riscal",
y, la tarde del manso de Saltillo,
un anillo y unas medias de cristal.
-"Niño, sube a la suite dos anisettes,
que, hoy, vamos a perder los alamares"-
de purísima y oro, Manolete,
cuadra al toro, en la plaza de Linares.
que, hoy, vamos a perder los alamares"-
de purísima y oro, Manolete,
cuadra al toro, en la plaza de Linares.
Habían pasado ya los nacionales,
habían rapado a la "señá" Cibeles,
volvían a sus cuidados
las personas formales.
A la hora de la conga, en los burdeles,
por san Blas descansaba el pelotón,
al día siguiente hablaban los papeles
de Gilda y del Atleti de Aviación.
habían rapado a la "señá" Cibeles,
volvían a sus cuidados
las personas formales.
A la hora de la conga, en los burdeles,
por san Blas descansaba el pelotón,
al día siguiente hablaban los papeles
de Gilda y del Atleti de Aviación.
Canción de Joaquín Sabina
Las razones del viajero
Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.
Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir su propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.
Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.
Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.
Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.
De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.
No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.
Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.
Autor: Luis García Montero
martes, 12 de julio de 2011
Principios de Tauromaquia
En la televisión del bar, emitían un programa en la 2 de Televisión Española llamado Tendido Cero. Una crónica de noticias y reportajes sobre el mundo del toreo. Después de tomarse su habitual carajillo y prepararse para salir al trabajo a Romero se le quedó grabado en la retina una serie de naturales, muy bien hilados y ligados al pecho, de José María Manzanares en la plaza de las Ventas durante la fiesta de San Isidro en Madrid. Por esa faena consiguió una oreja y, finalmente, salir por la puerta grande del coso más exigente del mundo.
Jaime, el camarero del bar, interpeló a Romero de la siguiente manera:
-¡Qué, Romero! ¿A ti también te gustan los toros?
-¡Cómo no me van a gustar si soy un torero!
-¿Torero tú? ¡Cómo no sea bombero torero!
Esta contestación provocó la risa de los parroquianos que estaban en la barra. Romero miró durante unos instantes un cartel pegado a una de las paredes del local en que se anunciaba un festejo con la participación de Ángel Teruel, César Rincón y Palomo Linares, sucedido varios años atrás. Tras esto sonrió mirando al barman y a sus compañeros de barra:
-Reíros, reíros… Los toros que toreo yo, me gustaría ver como los torearíais vosotros.
Y después de abonar el precio del café, sin despedirse de nadie, se marchó.
Desde las ventanas del hospital se podía ver como las sombras de los edificios se alargaban a medida que pasaban las horas. Miguel pasaba aburrido las hojas del periódico, pese a la amonestación recibida por no atender a los vídeos de las cámaras que vigilaban a los pacientes, ya que en un descuido éstos habían aprovechado la desatención del enfermero para sustituir los horarios en los que se permitía fumar por otros mucho más tolerantes. Romero observaba como los colores de los edificios perdían su abigarrada variedad mientras se extendía el crepúsculo por la ciudad. Dos enfermeras comentaban, aliviadas, el alta de un paciente que se desnudaba a cada momento y pretendía revolucionar la sala elaborando un manifiesto y recogiendo firmas para que la planta de psiquiatría del hospital fuera gestionada por los propios pacientes. El cielo se convertía en una paloma agonizante envuelta en sus propias sangres que anunciaba la llegada del reino de la oscuridad; territorio de poetas, cuyos adalides serían las luces de neón, los camiones de la basura, los obreros que ganan su sueldo a navajazos, los soldados del fracaso que restañan sus heridas en alcohol y las flores que ofrecen sus corolas a cambio de 90 euros la hora. Y la luna, sentada en su trono, inyectaría con jeringuillas luminosas la droga del recuerdo en las venas de los huérfanos de la esperanza.
Mientras la noche estaba dispuesta a ejecutar la última suerte al sol, los pacientes apuraban cada cigarro hasta el borde del filtro para encender otro con la brasa de aquél. A Romero le tocó en esa franja del horario encender los primeros cigarrillos con el mechero. Habló brevemente con alguno, rara vez gastaba bromas por lo cual se ganó la fama de seco, huraño y soso. Una de las pacientes, al son de una de esas canciones de Verano que se ponen tan de moda hasta bien entrado el Invierno, se echó al suelo y bailó desaforada a modo de bacante en los bosques de Grecia, mientras el resto, sentados en las sillas y en los sofás que pueblan la sala de fumadores, observaban sosegados el lúbrico show. Miguel y una de las enfermeras detuvieron el frenético espectáculo.
Entonces Romero recordó una habitación para dos en un hotel de Nimes con una sola cama, ropa interior femenina tirada por el suelo, el ruido de una ducha. Después silencio y una voz herida por el tabaco que decía:
-Ya sabes cuales son las reglas, mi amor, ahora debes desaparecer de mi vida. La cuenta ya la pago yo.
Romero que era un caballero no pudo acceder a su última petición. Y si accedió a la segunda fue por que no le quedaba más remedio. Esa semana era la feria taurina de Nimes y Romero tenía entrada de abono para esa tarde. Enrique Ponce cortó tres orejas y a Finito le indultaron un toro.
La conoció estando trabajando en el López Ibor. Ángeles era trastorno bipolar y pertenecía a una de las más acaudaladas familias de Granada. No pudo terminar sus estudios de filosofía porque la enfermedad le sobrevino estando en Tercero y las sucesivas crisis quebraron su constancia en los estudios. Un enfermero y una paciente no pueden tener una relación amorosa durante un ingreso pero dos días antes del alta se intercambiaron los teléfonos, fue Romero quien llamó primero. La familia de Ángeles jamás hubiera permitido una relación seria de su hija con alguien como Romero, así que el amor duró lo que duró el Verano que se tomó Ángeles como sabático tras su ingreso. Un viaje por el sur de Francia, teniendo como escenarios en la batalla del deseo y del placer, como iglesias de la acción de gracias al culto solar: terrazas de pueblos encalados y riberas de ríos nacidos en los Pirineos.
Después, año y medio más tarde, aprobó unas oposiciones con muy buena nota y le concedieron una plaza en la planta de Psiquiatría del Hospital de San Rafael en Barcelona. Pero nadie puede huir de su propia sombra y Ángeles ya era una parte de ella. Si Ángeles muriera seguiría viviendo en la carne de Romero. Había intentado de dejar una breve huella en la eternidad.
La noche salió por la puerta grande a una ciudad poblada de constelaciones de luz artificial. Dichas constelaciones y los faros de los autos formaban un laberinto en el que debía ofrecer su vida en sacrificio al minotauro del alba. Era la hora de la cena y faltaba una hora y media para que Romero cediera el turno al enfermero nocturno que ocuparía su lugar. Se llamaba Francisco y era natural de Camas, un pueblo de Sevilla. Francisco no se ajustaba al canon del típico andaluz pues no era saleroso, más bien taciturno. Un enfermero que tenía familia en el mismo barrio de Camas donde nació Francisco llegó a insinuar que le sucedió una desgracia muy grande y que desde ese momento se volvió de esa manera. Por otra parte, no se le conocían problemas con ningún tipo de estupefaciente.
Una enfermera llevaba en un buffet con ruedas las bandejas con la cena hasta el comedor y el resto del equipo llevaría la bandeja correspondiente con el enfermo asignado. Cuando hubieran terminado de cenar cada enfermo devolvería la bandeja al buffet. Después se abría un turno para fumar. Romero aprovechó es periodo para escribir en su diario, pues pensando en la encarnación de Ángeles en su persona, decidió que esa sería su huella en la eternidad. Se lo legaría a los descendientes de su familia. No creía en otro modo de vida ultraterrena, aunque tanto de este modo como en el de Ángeles la eternidad se acabaría diluyendo en el olvido, emulando a la película, como lágrimas en la lluvia.
Ese día no había sucedido nada interesante, a su modo de ver, así que se dedicó a pasar negro sobre blanco una serie de reflexiones. En ello estaba cuando uno de los enfermos se dedicó a pegar cabezazos contra un cristal que ante el espanto de todos, estalló en pedazos. Se trataba de un paciente muy conflictivo, de hecho estaba cumpliendo condena en la modelo por atracar un banco y a causa de una crisis, real o ficticia, le trasladaron al hospital. Realizar actos vandálicos era su forma de alargar el ingreso hospitalario y no volver al centro penitenciario. Hizo falta la colaboración de todo el equipo, incluida la de Romero que se llevó un buen codazo en las costillas, para internarle en la habitación y atarle a su cama.
Romero tras este incidente retomó el diario. Escribió una reflexión sobre el tabaco. Pues al meditar sobre su situación: soltero sin perspectivas de dejar de serlo y estando hipotecado hasta las cejas, se veía con el agua al cuello. Pero tenía la ventaja de ser funcionario, un trabajo estable que, hasta ahora, era para toda la vida. Aún así tenía que reducir gastos, entre ellos el del tabaco. Sin embargo se negaba a dejarlo porque, pese a trabajar en Sanidad, quería joder a los fanáticos antifumadores que enarbolaban como bandera la ley antitabaco aunque tuviera que joderse él también. Había restricciones en esa ley con las que estaba de acuerdo como no fumar delante de hospitales y en las puertas de los colegios. ¡Pero en los bares…! No solo no habían conseguido una mayor afluencia de los no fumadores en los locales sino que muchos fumadores que eran habituales de la barra habían dejado de asistir a la parroquia. Considerando que los fundamentalistas antitabaco tachan a los fumadores de egoístas ¿Acaso no son egoístas ellos por anteponer su salud al placer de los fumadores? ¡Si deberían estar agradecidos de que los fumadores les maten! Así se ahorran parte de este valle de lágrimas y les ofrecen un atajo hacia el cielo al que, indudablemente, por oponerse a tan nefando vicio irán.
Al poco de terminar de escribir su reflexión, llegó Francisco que le saludó de la siguiente forma:
- Buenas noches, Romero. ¿Qué tal la faena?
viernes, 17 de junio de 2011
El torero de los andes
Aquí teneis el trailer de un documental sobre David Gil, que soñó con ser figura del toreo y ahora torea en las plazas más infames de Perú, muchas veces sin enfermeria. Fíjaos en los medios de transporte que utiliza, los toros que le echan "cuanto más grandes mejor" y lo que cobra por sus faenas. Pero él se siente gratificado por el apoyo de los aficionados, allí es un ídolo. Esta es la cara oculta de la fiesta, los peones desconocidos que se exponen al toro por el reconocimiento que reciben por los aficionados y por amor al mundo del toro.
He de decir que a mi me ha gustado más los extractos del documental que se dieron en Tendido Cero, clickad aquí se quereis verlo:http://www.rtve.es/alacarta/videos/tendido-cero/tendido-cero-11-06-11/1126641/.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
